
martes, 10 de febrero de 2009
domingo, 8 de febrero de 2009
ALAS DE MARIPOSA

jueves, 29 de enero de 2009
Descubres o inventas
que aún era posible la magia.
Me hice un mundo en el que no había nadie
y poco a poco lo fui llenando de mí.
Detrás de las cosas percibía esencias,
hasta las piedras me contaban historias
que me construían sin cesar.
Fueron tantas las nuevas experiencias que todo
mi mundo se llenó, se infló de repente y estalló,
luego se dispersó salpicando
lo que había creído era la nada.
Pero allí estaban los otros y entre ellos tú,
la nada estaba plagada de mundos
que como el mío se hinchaban hasta explotar.
Con cada reventón los trozos de los otros se mezclaban
conmigo de manera inevitable,
¿cómo podía seguir pensándome?
Estar en el instante que precede
al suceso que les dará forma,
cada vez que nos encontramos, deshechos
fragmentados, entreverados de las vidas
que no son nuestras ni suyas ni de nadie.
Inventé la locura de soñar despierto
que aún era posible la magia.
Derroté a casi todos mis demonios
ignoré a muchos de mis ángeles,
me volví pacífico tras derrochar demasiada ira.
Parece mentira, saberse capaz de matar al instante
y jamás hacerlo, pasar por esta tierra minimizando el daño
pero, ¿y si llega el momento en el que no hay otro remedio?
¿seríamos capaces de matar para seguir vivos?
cada vez que oigo la respuesta, estoy más convencido
de que la mayoría que dice "no" es quien antes
derrrocharía su poder para evitar perecer.
Somos tan sutiles que no estimamos igual
acción u omisión.
Así, matar está peor visto que dejar morir
pero cada día, con el poder que tenemos,
podríamos estar salvando vidas;
sin embargo, seguimos sentados pensando lo buenos
que somos, pues no hacemos daño.
Se nos olvida que tampoco evitamos el daño,
dejamos que la injusticia se afiance alrededor
porque no van con nosotros las muertes de los otros,
de los que han tenido la mala suerte de nacer
en el lugar equivocado, donde la vida no vale nada.
Nosotros nos ponemos más allá del bien y del mal,
nosotros dejamos morir cada día, todos los días
pero, no matamos, no matamos, no matamos.
Inventé la locura de soñar despierto
que aún era posible la magia.
Que podía ser quien quisiese
Sobre todo, no dejar de ser
la parte de mí adorable,
la que festeja sobre esta tierra,
capaz de olvidarme al momento
de todas las tragedias ,
rodeado de unos que suman gente:
Como si el ser humano fuese
algo digno de ser.
Inventé la locura de soñar despierto
que aún era posible la magia.
Que desde siempre hay una parte de nosotros
Que alumbra secretos en pasadizos desiertos,
asombra en la noche de la primera cita
y despierta sentidos no siempre abiertos.
La magia se hizo posible y me paralizó por fin
En un presente extendido eternamente
Como si las cosas no fuesen a ser jamás
Como si la decisión ya tomada sea ineficaz
para resolver las trampas de las miradas
que sortean entre rendijas las ocultas verdades
de lugares artificiales a los que jamás se vuelve.
Quise contar todas estas maravillas
pero sólo me salían galimatías
que parecía pesadillas:
Incomprensibles,
difusas,
fragmentadas,
¿cómo seguir pensándome ahora?
("Jeder Engel ist schrecklich" "every angel is terryfing", Rainer Maria Rilke)
domingo, 10 de agosto de 2008
A LA DERIVA
Grafiti bajo el puenteUna de mis aficiones ha sido caminar sin rumbo en una ciudad nueva o ya conocida, haciendo que mis pasos vayan por calles por las que habitualmente no iría, ver sitios que ni siquiera vienen en las guías, calles no turísticas, observar cosas que no permanecerán, que sólo se pueden ver una vez, que quizá en otra posible visita ya no existan, etc. Es curioso cómo la posibilidad del descubrimiento está tan cerquita cada día. Y es tan sencillo regresar a casa por otro camino, ir a comprar a una tienda en la que jamás entré, tomar un café en un bar al que tal vez ya no vuelva más o ver partes de la ciudad insospechadas, como el hallazgo reciente de un parque que tiene un barranco en el fondo, gradas de piedra, un puente bajo el cual hay unos grafitis muy currados, escalinatas metálicas zigzagueantes, un viejo caserón con apariencia de castillo abandonado…es un sitio que me produce algo especial y lo mejor es que casi nunca hay nadie. La gente pasa por encima del puente y nadie suele bajar, para muchos, aunque lo vean, realmente no existe. Lo sé porque yo pasé muchas veces por encima de ese puente, con mi coche o andando y durante bastante tiempo no llamó mi atención, hasta que un día me dejé llevar por mis ganas repentinas de pasear por allí debajo.
Esto me hace pensar que gran parte de nuestra vida puede transcurrir de manera rutinaria, sin percatarnos de la cantidad de cosas especiales que nos perdemos por no ser capaces de romper algunos hábitos cotidianos, cosas que suceden a nuestro lado.
Algo tan trivial como caminar si aparente rumbo por una ciudad es algo que ya se plantearon algunas personas a mediados del siglo XX como algo digno de ser experimentado a posta (por no hacer referencia a los antiguos peripatéticos, claro), me refiero al movimiento “Situacionista”, considerados inspiradores ideológicos del Mayo del 68. Guy Debord junto con otros colegas, crean el Situacionismo, dentro del que idean la Psicogeografía, que viene a ser el estudio de cómo las personas nos vemos afectadas emocionalmente por la arquitectura urbana, por la organización social capitalista y la burocracia de las ciudades, planteando además la necesidad de hacer cambios para no convertirse en meros artistas burgueses. En este sentido, hablan de corrientes de flujo en las ciudades, de puntos psicogeográficos “fijos”, “torbellinos”, de la “Creación de situaciones” y de la “Deriva” (que viene a ser un paseo apresurado y un tanto aleatorio por diferentes ambientes urbanos) como técnicas para producir esos cambios, que procuren, en palabras de Debord:
“La actitud situacionista consiste en pujar sobre el flujo del tiempo, contrariamente a los procedimientos estéticos que tienden a fijar la emoción. El desafío situacionista al paso de las emociones y del tiempo sería la apuesta de ganar siempre sobre el cambio, yendo siempre más lejos en el juego y la multiplicación de los períodos excitantes”.
"El tiritador", cuadro de Jean Dubuffet que sustituye temporalmente al Viajero Extraviado.
Ya Nietzsche, con cierta melancolía, comentaba en su época cómo eran las cosas, diciendo que la gente parecía no tener un momento para pensar y recordaba otros tiempos en que lo normal era caminar sin prisas, para reflexionar, se disponía uno para pensar, se paraba literalmente, adoptando una actitud meditativa y luego, tras un lapso más o menos largo continuaba el camino con mejor ánimo, -los pensamientos paseados-.
Hace poco ha salido una especie de estudio científico sobre la relación de las personas con el espacio que habitan y donde llegan a la conclusión de que el área en la que se mueve una persona la mayor parte del tiempo de su vida transcurre en unos 10 kilómetros. Los caminos repetidos se solapan dando una instanténea espaciotemporal del movimiento de esa persona registrado día a día, lo que viene a ser a simple vista un garabato hecho con rabia, un borrón vaya, con un centro espeso que refleja la repetición hasta la saciedad de caminos, desde los que trazamos dentro de nuestra propia casa, al trabajo, al parque, al súper, al cine, al bar, al centro, al barrio...progresivamente aparecen unas pocas separaciones que se destacan, pueden ser viajes de fin de semana o vacaciones...
Repetimos los mismos caminos, compramos en los mismos sitios, etc. Incluso en un área tan limitada, la posibilidad de romper y transformar la mirada sobre las cosas debería ser un acto de voluntad individual aconsejable.
Hubiese querido ilustrar este post con un cuadro de Jean Dubuffet, “Le Voyageur égaré” (El viajero extraviado). Este pintor es conocido como creador del Art Brut (arte bruto); su obra se inspira en principio con los dibujos realizados por esquizofrénicos y niños, con lo que sus cuadros son de apariencia tosca, sin pulir, casi garabatos a menudo.
Tengo una reproducción de dicho cuadro en un póster utilizado para el anuncio de una exposición sobre arquitectura urbana, “Habitar la ciudad”, que se hizo hace unas décadas ya y cuya temática trataba sobre las previsiones de organización de los espacios en la ciudades para que fuesen más habitables. Ese póster es la raíz de este post y me hubiese gustado, como digo, tenerlo a mano, pero por desgracia esta enrollado y guardado en algún cajón en mi domicilio familiar, a unos miles de kilómetros de donde vivo ahora y no encontré por ningún lado, entre las decenas de cuadros de Dubuffet que he visto en Internet, el dichoso Viajero extraviado, por eso aparece “El tiritador” que plasma un estilo de pintura muy similar y también es de Dubuffet y además creo que viane al pelo, como ahora explico.
Hemos tendido a ver nuestra existencia como algo continuo, unitario. Pero bien puede tratarse de otra cosa (la concepción del tiempo tiene un componente subjetivo importante), emocionalmente sentimos periodos intensos y otros que pueden calificarse de anodimos. Si procuramos los segundos intervalos se reduzcan, lo que conseguimos es crear situaciones vivas, emergentes, no una réplica de lo ya sentido una y otra vez, algo nuevo surge. Así podemos llegar a calificar nuestro tiempo en términos más afectivos, por lo que nuestro mayor interés debería ser conseguir que las situaciones en las que se desenvuelve la vida sean algo único e irrepetible. Esto puede suponer renunciar a la existencia como algo continuo en realidad, ya que las situaciones terminan, nos sentimos solos, en un nivel de comprensión de la realidad que no logramos compartir. Sin embargo, cuando se crean situaciones y la complicidad enreda personas, hay tantas emociones sutiles, efímeras y tan intensas a la vez, como crestas de olas...
“El mensaje central de los Situacionistas es que el hombre actual no es un actor sino un mero espectador. En su rol pasivo acepta el sistema social y, en la práctica, reproduce la cultura que lo agobia y se caracteriza por el trabajo rutinario, el desperdicio del tiempo libre, la manipulación de los medios, el arte excluyente y burocrático, la cultura estereotipada, los ritos empobrecedores, el conformismo y el aburrimiento”.
“Los Situacionistas fueron juzgados como anarquistas, irreverentes, críticos furiosos tanto del capitalismo como del comunismo, revoltosos, depravados y radicales tanto por la derecha como por la izquierda. Estos Situacionistas se asocian con escritores tremendos...Lautréamont, el Marqués de Sade y Nietszche”.
(Dr. Bernardo González Aréchiga R. W., Citado textual de su artículo “Creando situaciones sin retorno: algún día todos seremos artistas, todos seremos situacionistas”),
En fin, como conclusión, “darse un garbeo”, “darse un rule”, “pegarse un voltio”, “dar un paseo”… pueden tener mucha más miga de la que creemos y andar “a la deriva” puede ser una actividad apasionante si enfocamos adecuadamente nuestra percepción. Las situaciones surgen a cada paso, sólo que tenemos que decidir cuál es nuestro papel en ellas.
Y si nos decidimos a ser creadores de situaciones nuestras vidas pueden ser mucho más ricas, sin duda; este concepto me ha interesado mucho antes de conocer la perspectiva situacionista y soy especialmente consciente del mismo cuando estoy con personas que me atraen, que movilizan algo dentro de mí, entonces me siento en la necesidad de no ser algo pasivo, sino actor principal de mi vida, haciendo surgir algo muy parecido a un escenario mágico en el que te desnudas de los miedos y eres acción.
Debo agradecer a I. A. (terapeuta familiar) que me hablase de los situacionistas en un corto trayecto en coche tras un curso suyo al que asistí, pues veo con cierto pasmo cuántas de esas ideas me son familiares sin conocerlos hasta hace un par de años, creo que las palabras concluyentes de sus ideas pueden ser: “Nunca te aburras” y “El aburrimiento es contrarrevolucionario”. Y es que algo que me enerva es que alguien me diga que se aburre o peor aún, que me pregunte si me aburro, he perdido la capacidad de aburrimiento y sinceramente, si llego a sentirlo…le pongo remedio YA, seguro que algo se me ocurrirá.
La frase situacionista “Reduce la vida a una simple elección: revolución o suicidio” cobra tintes trágicos y proféticos, pues Guy Debord se suicidó el 30 de noviembre de 1994, pero sin duda fue alguien que decidió vivir intensamente e hizo de su despedida una creación de una de sus situaciones sin retorno, al final ganó su revolución.
viernes, 1 de agosto de 2008
De pronto estallan dentro instantes raros de otro tiempo
Hace un año que R. decidió irse, no aguantó más su realidad o la realidad de los demás. No la conocí lo suficiente, apenas nos besamos una noche y hablamos un par de veces, la última vez la vi mal pero no imaginé que pudiese hacerlo. Algo en ella despertaba en mí una sensación ya familiar. Ella ha sido una más que ha decidido irse y ni siquiera ha sido la persona más cercana. Pienso en las veces que yo también he maquinado irme y recuerdo las palabras de Aleister Crowley (no soy seguidor de sus ideas, algunas de las cuales me parecen aberrantes, pero sí me interesó ese personaje), referidas a los derechos del hombre; el primero dice:
“Man has the right to live by his own law:
to live in the way that he wills to do,
to die when and how he will.”
Eso impactó en mi mente adolescente, esa última frase afirmando que cada persona tiene el derecho a morir cuándo y como quiera. La hice mía, me parecía correcta y acertada. Si no elegimos cuándo venir al menos decidir cuándo y cómo irse. Creo en ese derecho, no exactamente como se cree a nivel oriental, el código del honor y demás, sólo creo en el derecho a irse, sin más.
Lo que no evita que cuando alguien conocido lo ha hecho me pregunte una y otra vez por qué lo hizo y si pude hacer algo para cambiar el final.
Porque también abrazo (y con más ganas) el cinismo de Nietzsche cuando dice: “el suicidio es sólo una idea que ayuda a pasar más de una mala noche de insomnio”.
Por mi parte, aún tengo demasiada curiosidad como para finalizar.
Pero los que se han ido, como ella hizo hace un año, me devuelven a mi primera experiencia con la idea de suicidio, una historia que no recordé sino muchos años después, uno más de esos trucos que nos hace nuestro cerebro, escamoteando cosas del pasado y haciendo que aparezcan en los momentos más insospechados.
Cuando recordé lo que me pasó a los 9 años yo ya tenía veintitantos. Toda la escena se volvió a desarrollar como en una película en la que intervenía yo:
La fiesta del pueblo estaba en marcha, como cada junio, la era se iba llenando de las casetas de los feriantes y la chiquillería se reunía expectante, jugando y ayudando a los “quintos”. Allí estábamos un montón de críos, cuando alguien gritó desde lo lejos: “una culebra” y todos corrimos a ver al “terrible” animal. Se inició una cacería que comenzó a desagradarme y que terminó con el pobre bicho clavado en un poste en el centro de la era, abierta en canal (llevaba un montón de culebritas dentro) así que me fui de allí solo, asqueado por ese tipo de comportamiento “humano”, quería buscar más culebras para poder verlas vivas. Mientras caminaba me topé con una “gitanilla” (en realidad no lo era, pero en mi mente, ya que no guardo su nombre, la recuerdo así) de unos 13 años, que iba cargada con un enorme balde de ropa hacia el reguero. Me pidió ayuda y tomé una de las asas del barreño y continuamos caminando juntos hasta el lugar en que un rato antes apareció, para su mala suerte, el ofidio.
Recuerdo que me pareció preciosa. Era la primera vez que hablaba con una chica desconocida y me sentí bien. Sin embargo, las palabras que oí no eran agradables, hablaban del abandono de sus padres, de los malos tratos de sus tíos con los que vivía, del cansancio de deambular de un pueblo a otro sin poder ir al colegio, de las pesadas tareas de cada día, de las ganas de huir o desaparecer. Mientras enjuagaba la ropa en el agua reparé en sus muñecas vendadas y le pregunté al respecto, “Quise matarme”, espetó. Para mí eso era imposible de asimilar, no tenía ese concepto, no podía creerla. Uno no podía decidir eso, uno no podía matarse así…¿Quieres verlo?, me dijo. Sí, respondí. Ella me pidió que desatara sus vendajes y los desenrollé muy despacio, hasta que quedaron al aire las cicatrices y los puntos de sutura, tan recientes que aún sugerí que parecía pintado, mi cerebro no era capaz de procesar aquello como heridas y quería creer que lo había hecho con un rotulador, tan vivo y escarlata era el color. Las puso muy cerca de mis ojos, enfadada por mi incredulidad, que sólo era ignorancia y no pude ya engañarme, eran heridas verdaderas. Algo se rompió dentro de mí, algo cambió irremediablemente (mi mente infantil se hizo cargo de archivarlo fuera de lo consciente durante años). Si una muchacha como ella había querido irse, la vida se me volvía demasiado estrecha. Quise marcharme con ella, acompañarla en sus viajes y protegerla de su tío, pero me decía que él no dejaría que yo fuera con ellos; entonces mejor fugarnos juntos, le propuse, lejos de este pueblo, de tu familia, de toda esa gente odiosa y miserable, pero me devolvió a la realidad diciendo que yo sólo era un niño, que nos encontrarían, que no podríamos sobrevivir los dos solos en este mundo.
Prometí volver a verla esos días festivos, pero ya no pude, desapareció de la vista, sólo vi a su tío en la caseta de feria, una de esas de tiro con escopeta de aire comprimido. Le miré con odio, hasta le llegué a preguntar por ella, pero no me hizo el menor caso. Incluso tuve problemas con mi propia familia por estar allí pegado para ver si aparecía.
¿Por qué esta historia desapareció de mi mente y volvió décadas después con tanta intensidad? ¿Por qué pienso que ese suceso ha marcado mi relación con las mujeres? Tal vez sea de nuevo un juego malabar del cerebro, pero parezco tener un detector del malestar emocional y en vez de salir corriendo quiero quemarme a través de su dolor, necesito hacer algo para poder aliviar, salvar, devolver la salud, quiero sobre todo evitar lo peor, el acto final irremediable, lo que no quita para que a veces quiera eso mismo para mí. Así, mis experiencias más intensas han sido con mujeres que han arañado el otro lado en algún momento de su vida y así parece seguir siendo desde que tenía 9 años. No me interesa el morbo, no es eso, me interesa la intensidad y sólo parezco encontrarla en personas que han sido capaces de querer terminar y desaparecer, porque también suelen ser las personas con más ganas de vivir y de hacer cambios en este mundo tan lleno de miserias.
Ojalá esas personas encuentren el camino adecuado, la alternativa que aún sin darles la felicidad les permita seguir existiendo, mantener un ápice de curiosidad por el día de mañana, porque mañana todo será diferente, si somos capaces de “ver” como dice M. Proust: “El verdadero descubrimiento no es ver nuevos mundos, sino cambiar la mirada”.
lunes, 28 de julio de 2008
Hay días que sólo explotar
Y ahí va mi estallido de hoy, para que quede constancia.
sábado, 19 de julio de 2008
Descifrando el apego
El Apego es el vínculo afectivo que se crea entre el/la niño/a y las figuras de referencia inmediatas (padres, hermanos, abuelos…); en general, el vínculo más intenso será con los padres, pues el apego se inicia con las figuras cuidadoras y éstas suelen ser los padres; culturalmente, hoy en día, el mercado laboral crea un panorama en el que la dedicación en cantidad y calidad de tiempo tiende a distribuirse entre diferentes miembros de la familia y cuidadores/as profesionales o guarderías, lo cual no es malo en sí, pero puede generar una débil creación de vinculación adecuada con los progenitores y una distribución de vínculos entre varias personas que puede generar confusión afectiva, pero que desde un punto de vista positivo puede contribuir a mejorar la socialización (Félix López).
El apego se sostiene en dos aspectos básicos: disponibilidad e incondicionalidad. Un apego adecuado se basa en la proximidad y accesibilidad de la figura de referencia, por un lado y por el sentimiento de que tal figura no fallará cuando se la necesite, por el otro.
Cuando estas dos condiciones se debilitan, el vínculo comienza a estropearse hasta llegar a ser irremediable.
Nótese que hasta este momento hago alusión al Apego inicial que surge desde el nacimiento. Más adelante se hará referencia a cómo el tipo de apego delimitará una línea de posibilidades de construcción de relaciones adultas (de amistad y de pareja, especialmente).
En el primer año de vida, el recién nacido, presuponiendo un desarrollo “normal”, pasa por varios momentos, que respecto a lo que al apego se refiere, se pueden sintetizar diciendo que al principio hay una búsqueda de rostros y figuras humanas (voz, tacto, movimiento, temperatura, etc. que resultan atrayentes y reclaman su atención); en un segundo momento se inicia la discriminación entre unas figuras y otras, mostrando preferencia por las más cercanas, sus cuidadores habituales, en especial la madre. En un tercer momento, además de discriminar unas figuras conocidas de otras extrañas, surgen sentimientos de recelo, cautela e incluso rechazo al desconocido (en torno al octavo mes). En el segundo año el apego se consolida (enriquecido por todas las posibilidades que va construyendo el infante, como una mayor movilidad exploratoria, acceso al lenguaje, etc.).
¿Qué puede suceder para que no se forme un apego adecuado y seguro?
Muchas cosas, por supuesto, pues aunque los padres sientan “amor” por el bebé pueden cometer unos cuantos errores educativos que irán pasando factura, al ir acumulándose como en un efecto “bola de nieve”.
Las posibilidades del Apego (Bowlby):
Como se mencionó antes, dos condiciones básicas, disponibilidad en el tiempo e incondicionalidad, bastan por sí solas para describir la gama de posibilidades de desarrollo del apego. A lo largo de los primeros meses y acotando hacia los dos años (siempre habrá casos y es necesario citar la capacidad de resiliencia del ser humano) ya se ha encauzado un tipo de apego u otro:
Cuantos más fallos haya en alguno de ambos aspectos, peor tipo de vinculación afectiva podrá crearse, lo que repercutirá en toda la vida futura. Las posibilidades de tal construcción se materializan a través de la interacción con las figuras de apego mediante la calidad de la relación. Existe un estudio muy citado de Ainsworth (discípula de Bowlby), a través de una situación experimental con niños menores de 2 años, observando sus reacciones ante la separación de la madre (ésta sale de la sala y deja al niño solo), la entrada en la sala de un extraño y el regreso de la madre.
Las conclusiones configuran un panorama con varios tipos de apego:
Apego Seguro:
Los niños con este tipo de apego sienten ansiedad ante la separación (lloran) y ante el extraño, buscan de manera inmediata el contacto con la madre cuando ésta regresa. Reducen el llanto cuando vuelve la madre. Esto se debe a que las experiencias que han tenido han sido adecuadas, con calidad, existiendo contacto físico afectivo ajustado desde los primeros meses de vida. Sus madres han estado atentas y cuando el bebé llora lo cogen y atienden, ajustando la relación a sus necesidades
Apego evitativo:
Los niños no muestran angustia o enfado cuando la madre se aleja y sale de la sala. Pueden mostrarlo cuando ya están solos. No reaccionan de una manera diferente ante un extraño o su madre. Sin llegar a oponer resistencia o rechazar el contacto con la madre, tampoco reaccionan en sincronía, sino que se quedan inexpresivos y no reaccionan con alegría, no hay apenas una iniciativa de búsqueda de contacto físico con la madre. Sin duda, estos niños han pasado por experiencias en las que la madre no ha reforzado de manera adecuada la vinculación, posiblemente no han atendido sus llamadas ni llantos.
Apego ambivalente:
Mientras la madre está con ellos, buscan el contacto con insistencia y hay bastante consonancia, pero al dejarlos solos pueden llorar o no. Al regreso de la madre manifiestan rechazo, enfado, indiferencia o hacen cosas como esconderse de ella o pegarla. Suelen seguir llorando aunque la madre inicie contacto físico y ésta se manifiesta incapaz de calmarlos. Posiblemente ha existido un patrón poco consistente en la relación con el bebé, estando pendiente unas ocasiones, pero siendo indiferente y actuando con dejadez en otras, lo que suelen ser intentos educativos fallidos y poco coherentes para generar, puede que con buenas intenciones, hábitos adecuados en su hijo/a; sin embargo, lo que va aprendiendo el menor es a tener desconfianza y rechazo, así como una dependencia y contacto ansioso cuando la madre se halla presente.
Apego desorganizado:
En el experimento, cuando la madre entra en la sala, los bebés pueden reaccionar de formas muy diferentes (por supuesto, esta situación experimental se repitió varias veces con cada madre-hijo, en diferentes días para observar la consistencia de la relación). La mayor parte no establece contacto visual con la madre cuando ésta les toma en brazos, manteniendo una expresión expectante, atónita o indiferente. La inseguridad y desorganización del vínculo se muestra porque pueden llorar de pronto, tras haberse calmado, o se comportan de manera fría y distante ante los intentos afectivos de la madre.
Las conclusiones parecen claras. Se da un apego seguro ante comportamientos maternos consistentes en el tiempo, existiendo contacto físico y visual, con juegos diádicos ajustados, interacción variada en diferentes situaciones, interacción “auténtica” en el día a día de las rutinas (aseo, alimentación, sueño, etc.), siempre afectiva.
El apego inseguro (evitativo, ambivalente o desorganizado) se manifiesta cuando las madres no han tenido un contacto físico adecuado con su hijo, siendo más en función apetencias propias que por las demandas del bebé o ha existido ausencia de contacto físico; ante las rutinas diarias estas madres se comportan de manera maquinal, sin expresión afectiva, sin contacto visual ni juegos interactivos diádicos con su hijo/a. Suelen existir conflictos intrafamiliares y personales, ansiedad e insensibilidad materna. Es frecuente que tales madres hayan tenido una historia de apego no adecuada que transmiten generacionalmente. Lo dicho, centrado en la figura materna, por ser la de mayor relevancia para el bebé, sobre todo en los primeros meses, es igual de aplicable al padre u otras figuras de referencia cuidadoras.
¿Cómo influye todo esto en nuestra vida como adultos?
¿Por qué es malo el apego?
Amar no es apegarse a otro (la relaciones de pareja sanas)
Citando a Daniel Goleman, él menciona tras aspectos básicos, tres sistemas, que modulan el entramado de las relaciones de pareja, el amor.
Son: apego, cuidado y sexo. Respecto a este último, una relación amorosa tiene un componente sexual claro, sin el cual no tiene mucho sentido (respetando la platonicidad, claro), pero una sexualidad sana es bastante importante para que la pareja funcione (no es el tema ahora). Lo que queda claro es que sin atracción ni deseo por el otro,no habrá mucho futuro para esa pareja.
Por fin, el tipo de apego que hemos “mamado” se pone en juego ante la posibilidad de tener una relación de pareja.
Visto lo anterior, quien parte de un apego u otro juega con cartas muy diferentes. Sintetizando lo dicho referido a los tipos de apego,
¿qué adulto seremos en función de uno u otro?:
Estilos de apego y vida adulta:
Estilo Seguro: personas con una visión positiva de los otros y de sí mismos, bien desarrollada la asertividad, seguros de sí mismos, capaces de hablar se sus sentimientos. No quiere decir que sean perfectos, pero en las relaciones con los otros saben modular el contacto y no generan dependencia emocional.
Estilo Inseguro: ya sea evitativo, ambivalente o desorganizado, estas personas muestran ansiedad ante las relaciones, que resuelven de diferentes maneras, pasan por periodos de dependencia emocional obsesiva con algún “otro” que sea objeto de su amor. Pueden embarcarse en historias frustrantes y son especialistas en enamorarse de quienes no deben; se muestran incapaces de sentir amor y dejarse llevar, debido a la desconfianza. Suelen tener una visión negativa de los otros, problemas de baja autoestima y una visión negativa de sí mismos.
Este tipo de persona es la que hace que tengamos que decir que el Apego es algo negativo, que genera dependencia emocional (es aconsejable un vistazo a Walter Riso, por ejemplo: “¿Amar o depender?”), donde se pueden leer cosas como:
“…el desapego no es desamor, sino una manera sana de relacionarse cuyas premisas son: independencia, no posesividad y no adicción…la persona no apegada es capaz de controlar sus temores al abandono, no considera que deba destruir la propia identidad en nombre del amor, pero tampoco promociona el egoísmo y la deshonestidad…declararse afectivamente libre es promover afecto sin opresión, es distanciarse en lo perjudicial y hacer contacto en la ternura…romper con la adicción a su pareja no es…fomentar la frialdad afectiva…(quienes se “apegan al desapego” no son libres sino “esquizoides”). No podemos vivir sin afecto…pero podemos amar sin esclavizarnos. Una cosa es defender el lazo afectivo y otra muy distinta ahorcarse con él. El desapego no es más que una elección que dice a gritos: el amor es ausencia de miedo”.
En fin, saber todo esto no evita que nos sintamos y actuemos de maneras irracionales, pero partiendo del tipo de apego recibido en la infancia podemos hacernos conscientes de las relaciones que hemos ido estableciendo con los otros y qué parejas hemos tenido/tenemos o ya no tenemos ni queremos.
Y es bien diferente hablar de las necesarias condiciones de disponibilidad e incondicionalidad de un bebé para con su figura de apego a una relación de pareja como adultos, donde pedir esas condiciones sería bastante angustioso para el otro y frustrante para uno mismo.
Un tema interesante sería también el de considerar los diferentes tipos de pareja que pueden darse y cómo hay situaciones de parejas que, si para uno serían insoportables, para otro son su esencia. Lo digo por relaciones entre personas con apegos seguros/inseguros, en sus distintos grados, imaginando por ejemplo, qué pasaría entre diferentes combinaciones:
Seguro-Evitativo, Seguro-Ambivalente, Seguro-Desorganizado, Seguro-Seguro
Ambivalente-Evitativo, Ambivalente-Desorganizado, Ambivalente-Ambivalente
Evitativo-Desorganizado, Evitativo-Evitativo
Desorganizado-Desorganizado
Hay algunas de tales parejas que se darían muy raramente o durarían muy poco, otras pueden generar sistemas enfermos pasionales que salten en las noticias. Unas pocas combinaciones pueden sostenerse y alguna puede considerarse sana.



